Por Haivanjoe Ng Cortiñas

Probablemente, la manera más simple de concebir el concepto de modelo económico, en términos teóricos, es diciendo que simplifica la realidad y su importancia radica en que mediante su utilización en el análisis de la economía nacional, permite explicar su funcionamiento y realizar pronósticos.

Esta opinión se enmarca en la dirección de tratar de identificar y ponderar aquellos factores argumentales que, a nuestro juicio, muestran señales que soportan la aseveración de que el modelo económico dominicano se agota o, al menos, provee los elementos suficientes para negarlo.

Sin embargo, no ignoramos que también existen variables con determinados desempeños que permiten pensar que el modelo económico local no presenta síntomas de agotamiento; para cuyos fines, he identificado cuatro indicadores económicos básicos o asociados a él. Estos son: el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB), la disminución de la tasa de desempleo, el Coeficiente de Gini y la reducción de la pobreza.

El resultado de los cuatros indicadores arriba indicados, constituye una señal del éxito de la política económica; más su exaltación, sin abordar en forma crítica los elementos que los explican y soportan, podría luego ser decepcionante por la posibilidad de una frágil sostenibilidad en el tiempo.

El modelo económico dominicano, en términos de cuantificación, podría ser resumido mediante la participación que tienen los sectores público y privado dentro del tamaño del PIB: el primero con un 17.8 % y el segundo con un 82.2 %, medidos por los datos arrojados de finales del 2017. Esos resultados revelan el liderazgo que tiene el sector privado, aunque por la capacidad monopólica que tiene el Estado, delegada por la Constitución Dominicana de regular la economía, sus decisiones marcan en forma significativa la ruta de la economía nacional.

La propiedad e iniciativa privada, así como la subsidiaridad del Estado en la economía, consignada también en varios artículos de la Constitución del 2010, definen el sistema económico dominicano que podría ser tipificado como de mercado; fundamento que sirve de base a lo largo del tiempo, al modelo económico local con sus respectivos matices.

El éxito del modelo económico dominicano se traduce en un crecimiento por largo tiempo de su PIB, desde el 1991 hasta el 2017, de US$9,680 millones a US$76,038 millones; periodo en el que solo durante cuatro años su expansión fue menor al aumento de la población y, en términos per cápita, pasó de US$1,336 a US$7,477, para igual periodo de tiempo.

Por su lado, el nivel de pobreza general se ha visto disminuir en el país, al pasar de un 41.9 % en el 2003 a un 30.0 % en el 2016; explicado por la reducción simultánea de la tasa de desempleo ampliada que disminuyó de un 18.4 % a un 13.3 %; y el Coeficiente de Gini, que mide el grado de distribución del ingreso, mostró una mejoría poco significativa al moverse de 0.51 en el 2000 a 0.47 en el 2016 (escala de 0 a 1). Adicionalmente, la tasa de inflación marca una tendencia decreciente con estabilidad, que se ha situado entre el 8.88 % y el 1.58 % durante 2007/2017.

Los resultados descritos podrían alimentar el optimismo excesivo respecto al éxito del modelo económico dominicano; sin embargo, al examinar algunos de sus factores incidentales, se puede apreciar la existencia de evidencias que muestran señales de agotamiento; que de no abordarse a tiempo y con firmeza, podrían amenazar su permanencia y terminar en una crisis que lo revierta.

El primero de los factores es el relativo a la ausencia de espacio fiscal para atender las crecientes demandas sociales; uno de los resultados que sostienen lo afirmado es el aumento en el tiempo de los déficits financieros de los presupuestos nacionales, los que han cambiado durante 2015/2017, de un 3.1 % a un 3.9 % del PIB.

La ausencia de espacio fiscal deviene en continuos incrementos de las necesidades brutas de financiamiento, que se ha movilizado de un 1.39 % en el 1992 a un 2.52 % en el 2002; después a un 3.3 % en el 2012 para, finalmente, situarse en un 5.5 % en el 2018 del PIB.

Luego, asociada a los temas de la ausencia de espacio fiscal y del aumento de las necesidades brutas de financiamiento, la deuda pública del sector no financiero se ha incrementado de un 13.5 % en el 2000 a un 38.9 % en abril del 2018 del PIB; para una diferencia de un 25.4 % del tamaño de la economía.

En cuanto a la composición económica del gasto público, el gasto corriente le ha ganado un significativo espacio al gasto de capital, con el agravante de que el primero no es autosostenible y el segundo sí; al tiempo de que el gasto de capital arroja la ventaja de un mayor impacto en el aumento de la capacidad productiva de la economía. Para el 1990 el gasto corriente era de un 50.0 % y el de capital por igual; en cambio, para el 2018 lo es de un 15.4 % y un 84.6 %, respectivamente.

Sumado a lo anterior, la formación bruta de capital que corresponde a la dotación del acervo de inversiones reproductivas, en el 2007 era de un 27.0 % del PIB, para el 2012 de un 24.0 % y en el 2016 continuó su reducción hasta colocarse en un 21.4 %; una caída por diferencia de un 5.6 %, también del PIB.

Asimismo, los sectores informales y formales de la economía muestran un anclaje indicativo de ausencia de políticas públicas, a favor de la formalización de la economía, con todos los beneficios colaterales que eso implica, tales como la seguridad social y la laboral, entre otros. En el 2000 la composición era de un 52.4 % para el informal y de un 47.6 % para el formal; mientras que en el 2016 continuó siendo prácticamente igual, al colocarse en un 52.5 % y en un 47.5 %, respectivamente.

Respecto a la generación de divisas por intermedio al aparato productivo nacional, la economía muestra un deterioro, al aportar divisas como proporción del PIB en el 1993 un 35.6 %, luego en el 2010 un 24.0 % y para el 2017 un 27.0 %; una caída del orden de un 8.6 % del PIB.

Ante un desempeño evidentemente agotador de las variables económicas seleccionadas, no cabe duda que el modelo económico nacional presenta signos de que, al menos, requiere de cambios que contribuyan a que los avances alcanzados por los indicadores de éxito mostrados, puedan continuar a lo largo del tiempo; de no ser así, se atentaría con su colapso y el eventual estallido de crisis.

Los cambios en la postura fiscal deben procurar reducir el déficit financiero real, única vía de bajar el endeudamiento absoluto, el que solo debe permitirse en la onda baja del ciclo económico, revertir la composición del gasto público, implementar políticas para promover la formalización de los informales e impulsar acciones generadoras de divisas, asociadas al aparato productivo nacional.

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